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—El Corazón de Ébano no es una joya —dijo—. Es el nombre que le di a un frasco de cenizas. Las de mi esposa, Elara. Murió porque el hospital de Vallefrío estaba cerrado cuando ella enfermó, y no llegó a tiempo al otro pueblo. Mandé hacer ese cofre para guardar su recuerdo, y juré que nunca más nadie sufriría por falta de un médico. Pero el odio me volvió ermitaño, y el hospital siguió cerrado.
—¿Intrusos? Hacía veinte años que nadie se molestaba en entrar aquí. ¿Qué buscan? ¿Tesoros? ¿Fantasmas?
—Esto es lo que deben robar —dijo el conde—. No un deseo mágico, sino un viejo sueño. Ahora, con mi firma y lo que queda de mi fortuna, podemos hacerlo real. Intrusos en el castillo
Tres meses después, el hospital reabrió. En la puerta principal pusieron una placa que decía: "En memoria de Elara, y en honor a dos pequeños intrusos que entraron en un castillo y encontraron un corazón que aún latía".
El conde Humberto ya no vivía solo. Ayudaba a organizar los libros de cuentas, y cada noche, antes de dormir, miraba la colina y sonreía. Al fin, los intrusos se habían quedado. Y el castillo, por primera vez en décadas, ya no era una prisión, sino un hogar. —El Corazón de Ébano no es una joya —dijo—
—El Corazón de Ébano —respondió Sofía, desafiante—. Para salvar el hospital.
Los niños lo miraron en silencio.
El conde levantó la mano temblorosa.
Avanzaron por pasillos alfombrados de polvo, esquivando armaduras que crujían solas. De pronto, una voz grave retumbó: Murió porque el hospital de Vallefrío estaba cerrado
—¿Quién anda ahí?
—¿Estás segura de que es aquí? —susurró Leo, con una linterna temblorosa en la mano.